martes, 12 de diciembre de 2017

De madrugada


No creo que nuestro paso por esta vida sea meramente circunstancial. 
No creo en coincidencias ni casualidades.
Soy una romántica que apuesta por las segundas, terceras y hasta cuartas oportunidades. Al final, todos tenemos derecho a arrepentirnos y equivocarnos (o al revés). 

Pero lo cierto es que, al igual que en El Camino, a lo largo de la vida nos encontraremos (muchísimas) personas que nos acompañarán y contribuirán a que nuestro camino sea lo que tiene que ser. Pero que no por ello tendrán que quedarse -para siempre- a nuestro lado. Hay con quiénes caminaremos toda una etapa, o simplemente unos cuantos kilómetros, para después despedirnos, desearnos buen camino y continuar. 

Puede que incluso nos los volvamos a encontrar más adelante, al final de una etapa, o al final del todo. Y entonces reiremos, recordaremos y crearemos nuevas memorias. O puede que quizá más nunca los volvamos a ver. Pero lo que vivimos juntos, sin duda, nos ayudará a continuar. 

Hay quienes simplemente pasarán a nuestro lado, sin siquiera pararse a mirar, y otros que nos dedicarán, por unos segundos, una sonrisa. Quizá. 

Y hay quienes nos acompañar durante todo el viaje y se quedarán a nuestro lado hasta el final. Serán nuestro bastón cuando no podamos caminar, nos traerán hielo cuando los tobillos quemen, nos auparán a continuar cuando sintamos que no podemos más y celebraremos juntos cuando lleguemos al final.


No importa el papel que juegue la gente en nuestro camino o el que nosotros juguemos en el de otros; lo importante es entender que nadie está obligado a quedarse a nuestro lado. No estamos por estar. Acompañar a otro es una decisión, y las relaciones no son contratos sin fecha de caducidad. Nadie nos pertenece. El camino es corto y largo a la vez, y aunque no siempre puedes elegir a quién te encuentras en él, sí con quién decides caminar a la par.

Porque al final, y aunque suene cliché, lo que importa es el camino, no llegar.

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